Todos y todas contra el bullying

Escrito por: Martha Chapa

Cuando yo era niña no faltaban ocasiones en las que alguien de mi grupo provocaba o molestaba a una u otra compañera de clase. Esto, aunque no tenía consecuencias graves, no dejaba de ser indebido, pues implicaba una falta de respeto y consideración, una agresión improcedente o, de plano, una hostilidad entre escolares.
Pero aquello en nada se parecía a lo que hoy conocemos como bullying. Es decir, la intimidación o acoso escolar, que se ha constituido ya en un grave problema en todo el mundo. Y México es ajeno a esta situación.


Desde hace dos o tres años hemos sabido de casos cada vez más violentos, que han involucrado lesiones físicas graves. Es decir, el bullying ha llegado al punto de generar verdaderas tragedias en las familias de los niños agredidos.
Este problema va en rápido ascenso, no sólo por la cantidad de agresiones, sino por la intensidad de las mismas, como acabamos de comprobar en Ciudad Victoria, Tamaulipas, con la muerte del niño Héctor Alejandro Méndez Ramírez. Como se ha difundido, cuatro de los compañeros de este menor de 12 años de edad, que cursaba el primero de secundaria, lo tomaron por la fuerza de brazos y piernas y lo arrojaron contra la pared en un supuesto “juego” conocido como columpio. Héctor Alejandro se estrelló con la pared y al caer se golpeó la cabeza contra el suelo: esas lesiones provocaron su muerte unos días después.

También es muy preocupante confirmar que estos hechos ocurrieron frente a autoridades escolares, es decir, dentro de las escuelas y en horarios de clases, pese a lo cual las personas responsables del plantel no intervinieron ni impidieron la agresión. De hecho, según relata la madre de Héctor Alejandro, poco antes había sufrido una agresión similar por parte de esos mismos cuatro compañeros, por lo cual él le había pedido auxilio a una maestra, quien simplemente lo ignoró.

Tanto las autoridades educativas locales y federales, como los cuerpos legislativos se han pronunciado para lamentar y condenar tan nefastos hechos. Pero se requiere mucho más que eso. Es necesario que se establezcan a fondo estrategias y mecanismos que impidan estas prácticas, que no podemos sino calificar de actos delincuenciales.

Incluso, el presidente Enrique Peña Nieto, en gira por Tamaulipas, aseguró el viernes 23 que ha dado indicaciones a las autoridades de Educación Pública para acelerar la creación de una nueva política nacional de combate al acoso escolar.

Por eso, más allá de decir que “después de ahogado el niño quieren tapar el pozo”, es urgentísimo modificar el marco jurídico vigente para establecer castigos ejemplares para quienes cometan esos actos y, sobre todo, para las autoridades que los solapen o toleren. Pero todavía más importante será ejecutar medidas en cada una de las escuelas del país con un sentido preventivo que impida de una vez por todas cualquier agresión entre los estudiantes. Asimismo, habrá que echar a andar campañas permanentes destinadas a generar conciencia entre la población infantil y escolar a fin de que no ocurran más estos hechos, lo cual incluye de manera importante a los padres de familia, que evidentemente también son responsables en este tipo de situaciones. Por supuesto, deben ponerse también en marcha medidas más precisas y drásticas en el caso de las maestros y maestras que acompañan a los niños en los horarios escolares y tienen la máxima responsabilidad de que de ninguna manera se presenten conductas negativas, menos aún sucesos fatídicos como los que ya se han registrado dolorosamente en varias escuelas públicas y privadas del país.

Y hay un punto que en lo particular me interesa subrayar; es el hecho de que más allá de que haya o no lesiones físicas, el bullying también genera un daño psicológico que desgraciadamente a veces puede ser irreversible en los niños o adolescentes que son víctimas de estas prácticas abusivas, violentas y antisociales. Ya se han registrado en otros países casos de suicidio de niños agobiados por el acoso que sufren por parte de sus compañeros.

De paso, será importante revisar de qué manera la sociedad en su conjunto puede comprometerse con valores cívicos que fomenten el respeto, la tolerancia y la paz entre todos, independientemente de la edad que se tenga, pues seguramente muchas de estas conductas en un número creciente de niños provienen de hogares disfuncionales, con violencia intrafamiliar, o de aquéllos donde no se transmiten los valores éticos y el respeto por los demás. A esto se agrega un clima social beligerante y el manejo irresponsable de ciertos contenidos en los medios de comunicación, que pudieran se apologéticos de la violencia contemporánea.

Hay mucho trabajo por delante que debemos emprender todos y todas como sociedad y en lo particular como padres de familia y maestros. También los legisladores y las instancias del Poder Judicial tienen que poner manos a la obra para detener definitivamente estos comportamientos que nos avergüenzan y ensombrecen nuestra naturaleza humana. En todo caso, se trata de un compromiso ineludible y urgente, pues jamás debe volver a ocurrir una tragedia como la de la familia Méndez Ramírez.